LIMA, Perú – Hace muchos años que los peruanos tienen marcado el 26 de julio de 2019 con color rojo, ese que anuncia las citas más importantes de una vida. Y Lima se dice preparada para la gran fiesta. Sus calles están pintadas con lo colores panamericanos, sus instalaciones deportivas están puestas a punto y el corazón de su gente late más rápido que su ritmo cotidiano, a pesar del fresco invierno del hemisferio sur.

El invierno pinta una capital tan gris que el cielo es llamado “panza de burro”. Sin embargo, los nublados muy rara vez terminan en agua, más allá de las tenues lloviznas que visitan cotidianamente. Los pobladores aseguran que la última lluvia formal que recuerdan se dio en el invierno de 2001, aunque nadie recuerda la fecha exacta.

Tampoco sale el sol. Las nubes se convierten en un techo impenetrable durante casi tres meses y no hay nada que lo traspase. El calor de la gente, en cambio, es muy grande. El pueblo de Perú ve en estos juegos una oportunidad para que se conozca su cultura que va mucho más allá de los hincas, la gastronomía y el Nobel de Vargas Llosa.

Pero esta fiesta estuvo muy cerca de no realizarse. Después de que Lima fue elegida como capital panamericana en agosto de 2013, se mantuvo inmóvil durante los primeros cuatro años, con escándalos de corrupción que detuvieron el flujo de fondos y que derivaron en la renuncia de Luis Salazar, el primer presidente del Comité Organizador, en septiembre de 2016. Exactamente un año después, Lima recibió un ultimátum de que podía perder la sede. Y entonces comenzó el plan de emergencia. Carlos Neuhaus aceptó ser presidente del Comité Organizador, con la condición de que lo dejaran trabajar a “su modo”. Con la bomba de tiempo en las manos, el gobierno peruano aceptó.